Partería en el Norte de México: distancias por recorrer

Hace menos de un año me encontré con Lety en una reunión de Liderazgo para Parteras organizado por el ILSB en la ciudad de San Cristóbal. Platicamos sobre lo que soñaba cada una la partería debía lograr en Baja California, la falta de parteras en la zona, la necesidad de las mujeres a recibir un trato cálido y a la vez seguro.

En ese entonces todavía me quedaban unos meses más como partera primaria en la casa de partos en Chiapas y Lety finalizaba con la gestión de la especialidad de Enfermería Perinatal en Mexicali, sabíamos pronto concidiríamos en el norte y soñamos en colaborar en su momento.

La sorpresa fue cuando estaba por regresar de mi formación, Lety me habló para darme la noticia de estar embarazada y con muchas ganas de tener a su bebé en casa.

Tan pronto como me instalé en la Baja comenzamos a vernos en consultas prenatales junto con mi mentora Lydia Rohrer. Era tan interesante compartir tiempo brindando el servicio a una colega partera. La belleza de prevenir complicaciones y mantener la salud de Lety y su bebé a través de la alimentación fue el centro de nuestra guía. Ella sabía lo que quería y estaba preparada para lograrlo.

Un miércoles de madrugada habló con su voz serena para avisar que estaba lista para que viniéramos a su casa. Como parteras sabíamos no debíamos demorar porque calculábamos pocas horas de parto dada su historia clínica. El viaje era de 3 horas, entre tomar nuestro equipo y viajar de Tecate a Mexicali. En la carretera intenté manejar lo más rápido posible, sin embargo, bajando la Rumorosa no podía ir a más de 40 km/hr. debido a los fuertes vientos que golpeaban nuestro pequeño auto.

Me sentía bastante en calma, sabía que si esta bebé y esta mamá querían compartir su nacimiento, nos esperarían y que si Lety quería experimentar recibir a su bebé ella misma al lado de su pareja también lo haría. Dejé a la vida guiarnos, no había nada más que hacer y Lety estaba en tranquila.

Llegamos a su casa y desde la calle en silencio a las 3:30 de la mañana se escuchaba música para nuestros oídos, una mujer en plena expresión de traer a su hija a la vida. Supimos que faltaba poco. Entramos con premura y sacamos el equipo indispensable, pedimos cobijas de recibimiento (que los papás preparan) y tomamos los signos vitales de mamá y bebé todavía en el vientre.

Todo era perfecto. Lety sabía que hacer y lo estaba haciendo perfectamente sola, su fuerza y seguridad en el parto en casa estaban allí. Diez minutos después Lety levantó de entre las agua a su hija, nosotros estábamos a su lado, fue tan rápido que no vimos la coronación, la penumbra las cobijaba mientras se fundían en un abrazo.

Ella lo hizo por sí misma, para si misma, para su bebé. Pronto se escuchó el llanto, aviso para la abuela y el pequeño hermano para unirse a la fiesta que acontecía en la planta baja.

Camino a Tecate, con mi compañera al lado, platicábamos sobre los tiempos perfectos de la vida, el caos de llegar justo a tiempo e ir sacando el equipo conforme se iba requiriendo.

 

Usualmente llegamos varias horas o días antes, ponemos nuestro material expuesto en algún librero que anticipadamente hemos pedido para ello. Hoy fue un día para festejar el enredo y la resilencia de las parteras para trabajar en él, estar listas para lo que venga.

De vuelta en Baja añoro las distancias entre mi casa, en el bosque de San Cristóbal, Chiapas y la casa de partos en el centro de la ciudad (no más de diez minutos) ahora tenemos que movilizarnos entre una hora y media a Ensenada o dos horas y media a Mexicali. Sabemos que es un reto que tanto las familias como las parteras estamos dispuestas a asumir.

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