A un año de mi partida o un año de transformación

Wow, ha pasado un año y has sido parte de esta historia increíble.

Cuando me ofrecieron el puesto de aprendiz dude en venir, era mi miedo, era la sensación de angustia de salir de mi zona de confort. Quizá tú no te diste cuenta porque cuando pedí ayuda a la comunidad (una comunidad que resultó ser 100% conformada por mujeres) ya había tomado la decisión. Intenté no meditarlo seriamente, algunos años antes mi discurso era: “no puedo estudiar partería porque no hay escuelas en mi estado”. Saqué ese discurso de mi mente y comencé a pensar que era posible. El miedo al riesgo, a dejar “todo” (como si realmente así fuera) me acompañó varios meses. Claro que pensé en echarme para atrás, en retractarme y decir en Luna Maya que no iba a poder, pero dejaba pasar ese pensamiento y me concentraba en qué faltaba hacer para lograr la partida.

Ha sido un año lleno de emociones, no sólo de aprendizajes técnicos. Me di cuenta de quienes eran mis amigas y amigos. Quiénes sin siquiera conocerme me apoyaron no sólo con su dinero sino con sus palabras. Dolió ver a quiénes consideraba gente cercana y que nunca hablaron (mensaje o teléfono) para preguntarme cómo estaba si no venía con una consulta sobre algún remedio para equis malestar. Fortalecí relaciones con amigos “lejanos” que mandaron mensajes una vez por semana para saber si estaba en parto o simplemente un “¿qué estás haciendo?” y en son de broma “¿a poco en otro parto? ya no uses la misma excusa siempre”.

Tomé la decisión de viajar 3, 000 km sin mucho dinero porque pensé que me ganaría una modesta beca de estudiante. Solicité dos veces dicha beca para parteras en programas de formación y no la gané, claro que me llegó al ego, claro que me cuestioné si estaría en el programa correcto. No me la dieron porque Luna Maya no es un programa “formal con validez oficial”, porque no dan cédula. Pero lo que Luna Maya me ha dado no creo que lo hubiera obtenido en ningún otro lugar: la oportunidad de aprender a atender partos respetando los usos y costumbres de las mujeres más vulnerables de mi país, las indígenas tzotziles y tzeltales. Ha sido un privilegio que estas familias me hayan abierto las puertas de su casa con piso de tierra, paredes de lona y techos de lámina, para ver nacer a su cuarto o doceavo bebé junto al calor del anafre. Con su singular manera de tomar posición hincadas, de vivir su cuerpo, de abrazar con todas sus fuerzas a su marido, de pedir ser jaladas desde su fajilla de telar por sus hijas mientras nosotras esperamos a su lado sin levantar sus pesadas faldas de borrega negra hasta que el bebé comience a coronar.
En eso agradezco a mis mentoras, porque eso no se encuentra en los libros de partería. Porque hemos tenido partos hermosos y llenos de hilaridad a través de la comprensión entrecortada de las traductoras que nos acompañan.

Luna Maya tiene un gran camino hecho y una labor fundamental en el Estado con mayor muerte materna del país. Estoy absolutamente segura que al menos dos o tres de esas mujeres hubieran muerto de hemorragia postparto si no hubieran tenido a su alcance un equipo de parteras preparadas con medicamentos y conocimiento para aplicar un suero de urgencia y contener la sangre que brotaba como tsunami desde sus vaginas. Parece trágico y lo puede ser, si la desnutrición, desigualdad y pobreza en que están sumergidas estas familias sigue imperando, y si no hay más parteras capacitadas para atender las consecuencias de esta sociedad que oprime a la mujer indígena. Todas tenemos derecho a ser atendidas con dignidad.

Claro que también atendí partos como los que puedes ver en documentales, con bellos cuartos decorados llenos de velas y flores. Te das cuenta del privilegio que muchas tenemos (yo incluidísima), valoras tu casa, las velas y las flores. Gracias a estos partos, de mujeres occidentalizadas y/o mestizas, es que se puede subsidiar la atención de mujeres en situación de vulnerabilidad. De aquí me llevo la relación formada a través de las consultas prenatales desde sus primeras semanas de gestación, compartir el mismo idioma, poder tener una pizca de humor negro con algunas de las parejas más cómicas y sobretodo seguir viéndolos meses después del parto en su cierre de cadera.

De vuelta no me caben más palabras más que agradecer con todo mi corazón tu apoyo. Mis hijas y mi esposo están de vuelta en el norte, no podíamos seguir manteniendo a toda la familia y fue la mejor decisión para concentrarme en el último tramo por caminar. Es difícil estar escribiendo estas líneas desde una cama vacía y con mi inspiración volcada en videos que me manda mi hermana platicándome lo mucho que se están divirtiendo.

Debo luchar para lograr mis sueños más profundos y servir al llamado de una de las profesiones más antiguas de la humanidad: la partería, portera de vida.

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